Me llamo François Aguerre, soy osteópata y heredero de una larga tradición de hueseros vascos. A lo largo de mi práctica, un enfoque ha tenido un profundo impacto en mí y sigue influyendo en mi pensamiento: el método Gesret.
Cuando atiendo a un paciente con asma, alergias o psoriasis, no solo veo una patología. Veo un desequilibrio, una disonancia entre cuerpo y mente, una tensión invisible que se expresa a través de síntomas visibles. El método Gesret me recuerda constantemente esta evidencia: lo que llamamos «enfermedad» a menudo es solo la expresión de un cuerpo en busca del equilibrio.
Al trabajar con gestos precisos, corrigiendo microdesequilibrios en el tórax y el sistema respiratorio, no solo busco aliviar los ataques. Acompaño al paciente en una reconciliación consigo mismo. El asmático que recupera el aliento, el alérgico que encuentra una fuente de paz, el paciente con psoriasis que redescubre una piel liberada... cada uno me enseña que la sanación es un camino, no un destino.
El método Gesret no es una receta. Es una filosofía de atención. Requiere que, como profesionales, veamos las cosas de otra manera, que escuchemos lo que el cuerpo susurra tras los gritos de los síntomas. Exige humildad y atención, porque nos confronta con una verdad simple: el cuerpo tiene sus propias leyes, y nuestro papel es respetar su inteligencia.
Considero cada consulta como un acto de transmisión. Perpetúo una herencia ancestral y la enriquezco con enfoques modernos. Este puente entre tradición e innovación es mi camino. Y en este camino, el método Gesret es un faro que ilumina mi práctica y nos recuerda que la sanación no se trata de combatir la enfermedad, sino de restaurar la armonía perdida.